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Conte curt: Cita a las diez

Las nueve de la noche. Hay que espabilar. Con la punta de la lengua se nota los dientes rasposos, consecuencia de no habérselos limpiado desde anteayer, quizás mas. La barba aflora y el pelo es una extraña mezcla de brillo y motas blancas producto de una dudosa higiene y una exagerada seborrea respectivamente. Y la cita es a las diez.

José Antonio vive solo desde hace años. Apuntaba buenas maneras cuando se independizó precozmente a todos los niveles de sus progenitores. Pero tanto tiempo sin sentar la cabeza acabó acarreando serios problemas de convivencia que no han hecho más que empeorar a medida que pasaron los años. Se ve incapaz de simultanear su espacio vital con alguien y lo acepta resignado. Las costumbres suelen convertirse en leyes, y a estas alturas ya no está dispuesto a renunciar a ellas, ni tan siquiera a compartirlas.

Entra en el baño, el frío es intenso pero lo acata ya que nunca suele estar a esa hora en casa y la calefacción está programada para entrar en funcionamiento a las diez. Ducha generosa que deriva en una sauna improvisada debido a la gran cantidad de vapor acumulado. La cabeza está ya presentable pero queda rasurar la barba y asear la dentadura. Se afeita con cuidado para no acudir a la cita con marcas en el rostro y se limpia los dientes a conciencia hasta el punto que sus encías empiezan a sangrar por tres puntos diferentes.

La imagen es crucial si quieres provocar una buena impresión en una primera cita. Y más aún cuando la cita es a ciegas. Así que decide colocarse una muda aún por estrenar, reservada para alguna ocasión especial. Pantalones de pana marrón, jersey de punto de cuello alto, zapatos a conjunto y americana con rodilleras en los codos. No es su estilo pero lo cree adecuado. Llaves del coche, la cartera, el teléfono. Las diez menos cuarto.

Parte de su casa hacia el punto de encuentro, un estrambótico local donde tanto es posible tomar una copa con una amistad como encontrar un rincón oscuro para vomitar a tu pareja todas tus confidencias. Hay quien fuma, ignorando la prohibición.

Este pub se encuentra en una calle que intimida, estrecha y con poco transeúnte a pesar de estar en una zona céntrica. Así que el coche se queda en el parking y los últimos metros los hace a pie.

Las diez y cinco. Un vistazo general, no está. Mira toda la calle, de arriba a abajo, recula a una esquina por donde intuye podría aparecer, pero no la ve venir. Vuelve a la entrada del local. El acuerdo es que ella debe llevar una flor blanca en el ojal de la camisa.

Quizás es esa rubia. Espera que se quite la chaqueta. No hay flor. Decide finalmente entrar.

Una vez dentro del bar se hace evidente que busca a alguien ya que a medida que avanza entre las mesas para dirigirse a la barra interroga con la mirada a todas las presentes, especialmente a las cuatro que se encuentran solas, sin compañía. Llega a la barra del fondo preguntándose si ella ya estará aquí, si le habrá visto, así que tras una pausa de unos pocos segundos, decide girar e irse hacia una mesa céntrica, sentarse en un incómodo escabel y proseguir su inspección visual. No la ve, aún no ha llegado.

Empieza a pelar nervioso unos cacahuetes que el camarero ha dejado a su lado después de recibir órdenes claras de esperar a la acompañante antes de traer la bebida. Y es que el dilema está servido. ¿Qué le parecerá si me encuentra con un vodka entre manos? Hay que esperar que llegue y pedir lo mismo que pida ella. Será lo correcto. Las diez y diez.

Empieza a llover de nuevo, el temporal persiste. Si el callejón era moderadamente solitario hace unos minutos, ahora parece desolado. El agua insiste en caer con fuerza y los que iban a irse, se lo piensan y los que iban a entrar, se dan toda la prisa que la combinación de suelo mojado y calzado inapropiado para la lluvia les permiten. Momento de encender un cigarrillo, pero no, mejor esperar a que llegue. No sería correcto presentarse con un vodka en una mano y el pitillo en la otra, piensa.

Por fin aparece. Zapatos de tacón alto y medias que no lo parecen, sino más bien una red de pescador perfectamente ceñida para capturar unos muslos extraordinariamente proporcionados. Falda corta, lo suficientemente larga para no dejar entrever nada que la ocasión no merezca. Camisa color marfil, no muy ceñida y con la flor en el ojal acordado. Un botón desabrochado de más, quizás por la carrera que ha hecho bajo la lluvia, quizás para dejar entrever un lunar estratégicamente colocado en la parte derecha del escote. Aparece con una carpeta llena de papeles bajo el brazo y tapándose con la chaqueta el peinado recién estrenado, probablemente para la ocasión, al menos eso piensa él.

Entra en el bar, soplando fuerte. Levanta la mirada, busca a alguien de quien no tiene referencias, ya que el acuerdo es que ella aparecería con una flor y él la reconocería. No le da tiempo ni tan siquiera a inspeccionar parte del patio de mesas que ya lo tiene dirigiéndose hacia ella saludando discretamente con una mano y con una nerviosa sonrisa mezcla de desasosiego y excitación. Es él. Es ella. Se dan dos besos. Comentan el tiempo, maldita lluvia, y la invita a sentarse.

Mientras se dirigen a la mesa ella observa su reflejo en un cristal para cerciorarse que su melena sigue mas o menos como estaba unos minutos antes de volver a diluviar. Se da cuenta que los asientos de este bar van a jugarle una mala pasada y se siente incómoda con esa falda ajustada y el trasero a dos palmos del suelo.

Él tiene las manos sudorosas y aparenta que busca algo en los bolsillos para secárselas. La boca no le funciona de manera proporcional a las manos y la sequedad hace que empiece a preguntarse si era realmente una mala idea haber pedido un vodka cuando podía. Le pregunta qué quiere tomar. Un vodka con lima. Él pide lo mismo.

Ella tampoco se muestra demasiado relajada y empieza a buscar en su bolso hasta sacar una vieja pitillera de esas que ya sólo se pueden encontrar en anticuarios. Diez cigarros marcialmente colocados quizás porque está intentando dejar el hábito y de esta forma moderar el consumo. Se fuma uno. No le invita.

Él saca su paquete de Marlboro comprado para la ocasión, ya que es más de fumar Ducados rubio. No le ofrece fuego porque junto con la pitillera va un encendedor a juego. Fuman. Entonces ella empieza a sacar papeles de su carpeta, y a buscar nerviosa un bolígrafo que recuerda que no tiene.

Se gira y dedo en alto se dirige al chico de la barra. Por favor, un bolígrafo.

El camarero acaba de poner las bebidas solicitadas en la bandeja mientras busca algo con que satisfacer las demandas de la bella señorita. Mientras, ambos siguen esperando en silencio la llegada del barman como si el resto de la noche dependiera de eso. La ausencia de conversación empieza a hacerse incómoda.

Llegan las bebidas y el ansiado bolígrafo. Ella decide por fin atacar y lo mira fijamente a los ojos.

-¿Estás seguro de lo que vas a hacer esta noche?.

-Abso, ejem, ¡absolutamente!, dice él.

-Firma aquí. Y aquí. Y aquí.

Él coge el bolígrafo, firma. Ella recoge los papeles y le ofrece un sobre que no refuta. Él busca la americana colgada en la pared para guardarlo pero finalmente prefiere meterlo en el bolsillo del pantalón. Ella no se siente cómoda, ya que probablemente, al igual que él, también es su primera vez. Al final le espeta:

-Recibirás instrucciones, debo irme. Que tengas mucha suerte.

Coge la chaqueta y a pesar que sigue lloviendo se la pone donde corresponde sin tener en cuenta que un peinado de más de cien euros está a punto de irse al traste. Sin mediar más palabra, sale del bar corriendo, arrimándose por las paredes.

Él permanece sentado en el incómodo escabel con dos vodkas rebajados con lima y la mirada perdida desde el momento en que ella desaparece calle abajo. Se toma del tirón el primero. Dos caladas profundas, la tercera la interrumpe porque el mal gusto le indica que está empezando a fumarse el filtro. Se mira el segundo vodka, y acaba por tomárselo también del tirón. Ahora que aún puede, hay que celebrarlo. Y es que no todos los días vendes uno de tus riñones por seis mil euros.

 

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