Ara llegim…
La vida sense ell
Isabel-Clara Simó
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El júniors llegeixen…
La historia interminable
Michael Ende

Conte curt: La col

Me entretuve en la gasolinera charlando con el dependiente obeso. En realidad me importaban un pimiento sus quejas sobre la falta de seguridad por las noches, los recortes de su empresa, la precariedad laboral en general. Pero era la excusa perfecta para dar tiempo a que mi mujer se metiera en la cama. Cuando me despedí del Señor Grasiento eran las diez en punto. Suficiente. Ana ya habría dado buena cuenta de su combinado de sedantes.

Desde la calle observé que las luces del piso estaban apagadas. El sonido de la puerta cerrándose tras de mí activó la cascada de sensaciones que últimamente me habían hecho perder el sueño y algunos kilos de peso. Comencé a sudar y la corbata amenazó con estrangularme, por lo que la aflojé. Encendí la luz del salón y me obligué a recordar los encantos de mi idolatrada Raquel; su cuerpo de diosa, su voz susurrante, su perfume afrutado… “¡Mierda!”, me dije al entrar en la cocina. El olor a col dio al traste con mi ensoñación y las palpitaciones se volvieron a apoderar de mí. Para nada quería col transgénica, o ecológica o como demonios la comprase Ana, con esa puñetera obsesión de no morir de cáncer de colon como su padre. Cené algo de fruta y me metí en la ducha. No quería pensar en lo que sucedería al día siguiente. En el fondo la pobre Ana no tenía la culpa de ser así. Pero yo ya no lo soportaba y había decidido acabar con aquello de una vez por todas: era ella o yo. Lo tenía todo planeado y aquella noche debía descansar para no cometer errores. No le des más vueltas, me decía, mientras la pera y la manzana que había comido crecían y crecían en mi estómago hasta hacerme sentir náuseas y opresión en el pecho. Vomité. Después me lavé los dientes. No pasa nada, todo irá bien.

Entré en la habitación sigiloso y encendí la lámpara de mi mesilla. Solía dormir desnudo, pero sentí frío y me puse el pijama de franela que mi suegra me había regalado por Navidad; estaba sin estrenar; la verdad, tenía un tacto agradable. Me metí en la cama y me quedé sentado, apoyado en dos cojines. Estuve así unos minutos, creo que esperaba algo, aunque no tengo muy claro el qué. Finalmente decidí observar un rato a mi mujer; sabía que lo que vería ratificaría mi decisión, y necesitaba valor. Me incliné sobre ella.
Estaba allí, dormida, en posición fetal, dándome la espalda, vestida con un camisón de color crudo y volantes rizados que me recordaba a la Cabbage Patch Kids que tuvo mi hermana de niña. Llevaba su habitual moño nocturno, un cogollo compacto antienredoscapilares, que dejaba al descubierto sus orejas; no eran unas orejas feas, pero por algún motivo con los años había aprendido a odiarlas, quizá porque me parecía que eran capaces de oír mis pensamientos más profundos. Se había aplicado aquella mascarilla grasosa verde pálido que, según ella, frenaría el paso de los años en su cutis. Era absurdo que tuviese ese ansia por vivir más y siempre joven si en realidad se pasaba el día lamentándose por dolores múltiples y su incapacidad para desempeñar su trabajo de administrativa. Como si ese trasero enorme fuese de moverse mucho… Pero lo más efectivo para relajarme y dar pie a mi anhelado descanso fue el hilillo de baba que caía por la comisura de sus labios embadurnados de crema de cacao.

Estoy seguro, me dije, ahora o nunca. Lo haré.

Me giré, cómo no, en sentido contrario, y cerré los ojos. Estaba agotado y el sueño no tardó en venir…

Llego tarde a la clínica. ¿Dónde está la camisa azul? Busco en el armario, tiene que estar en el armario. Aquí no, aquí no. No está. Pero yo quiero la azul. Son las nueve, no llego, no llego. Mi madre saca la cabeza por el hueco de la puerta. ¿No vas a la boda, hijo? ¿Mamá? ¿Qué haces aquí? ¿Has venido de Linares? No voy de boda, voy al trabajo. Tendré que llamar. Voy al salón. Cojo el Góndola rojo. Vaya teléfono antiguo, pienso. Marco los números, la rueda gira, pero me equivoco. Otra vez. No, este tampoco es el número. ¡Maldita sea! Miro el reloj, siguen siendo las nueve . Tarde, tarde. Marco otra vez. No atino, Dios mío, no atino, ¿cuál es el número? Alguien me toca el hombro. Me giro. Es Ana y está enfada. ¡Que te comas la col!”

Desperté.

Me asfixiaba. Me levánté y salí al balcón a fumar un cigarrillo. Pensé en la bella Raquel… Ella lo vale. Hacía frío, así que regresé pronto a la cama. Mi mujer no se había inmutado. Y ahora, además, roncaba. No volví a conciliar el sueño. Me quedé en ese purgatorio nocturno del ansioso, en el que no estás ni despierto ni dormido, y la mente se adueña de ti imponiéndote pensamientos absurdos y recurrentes. Intenté hacer los ejercicios de relajación que aprendí en las clases de yoga a las que Ana me apuntó sin consultarme meses atrás; imposible. Cambié de postura en incontables ocasiones y cada vez que, sin quererlo, rozaba sus posaderas, el velló se me erizaba y un lamento apagado emergía de mi garganta. El tic-tac del reloj de pared que heredó de su abuela se mofaba de mí; tic-tac, no-lo-harás, tic-tac, no-po-drás, tic-tac, te ra-ja-rás…

Y, en mi agonía, el olor de la col se cernía sobre mí.

Faltaban horas. Escasas horas para que Ana y el mundo comprendieran por fin que un servidor detesta la verdura. Especialmente el repollo.

Sílvia Rodríguez

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