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Conte curt: Quinto aniversario

Circula por la A7, dirección Girona. Acumula 50 kilómetros de conducción ensimismada, cambiando de velocidad instintivamente, abstraído, sin prestar atención por donde pasa. Álex lleva la radio a medio volumen pero solo la atiende inconscientemente cuando, cada diez minutos, repiten una pegajosa melodía que anuncia los servicios de una inmobiliaria. No puede dejar de pensar en su quinto aniversario de boda.

Los sentimientos son contradictorios. Por un lado siente una profunda felicidad por haberse casado con la mujer de su vida. Por otro, nostalgia, porque han pasado cinco años, un suspiro. Conduce pensando en las palabras del capellán que no paró de gastar bromas durante la informal ceremonia, o en el banquete, con casi doscientos comensales, a base de bogavante y marisco variado obsequio a medias de las familias de ambos.

Mira el reloj digital del coche, sigue atrasado una hora desde el último cambio horario, hace ya un par de meses.

Cinco años después sigue profundamente agradecido al tío de su mujer. A ella le hacía mucha ilusión casarse en el mismo lugar que lo hicieron sus padres, una capilla gótica al lado de un viejo faro que corona un no muy elevado monte, pero que dada la orografía del lugar permite ser visto desde prácticamente cualquier rincón de la comarca.

Casarse en esa capilla, sin embargo, no fue tarea fácil. Llevaba un decenio cerrada a actos religiosos y solo se abría para ser visitada por el numeroso turismo de chancleta que invade la zona en los meses de calor. A su tío, un pescador retirado al que algunos debían favores, no le costó demasiado conseguir las llaves de la capilla, que la adecentaran el día antes y convencer al capellán del pueblo para que buscara un sustituto para la misa del domingo y fuera él quien oficiara la ceremonia.

La capilla era más bien pequeña. Cincuenta personas sentadas mas una treintena de pie. Sin micrófonos ni altavoces ya que las medidas del recinto los hacían innecesarios. El altar, austero, de origen también gótico. Al fondo, un santo local, custodiado por dos bellas maquetas de madera a escala de veleros del siglo XVIII. Paredes blancas con manchas de humedad, corroborada por el olor a cerrado que les emborrachó la primera vez que entraron. Colindante, una vieja masía recientemente restaurada y reconvertida a hotel con seis habitaciones con vistas al mar, a la que se puede acceder por una puerta lateral que une ambos recintos. A una veintena de metros el viejo faro, que un siglo después seguía girando aunque ya más como adorno que como herramienta para guiarse por el mar.

La ceremonia fue a la una. Las pocas fotos que se conservan las hicieron en la parte trasera de la capilla, en un pequeño sendero que bordea todo el recinto, protegido por un muro de piedra tras el cual hay el vacío, un vertiginoso precipicio cuyo final, a casi trescientos metros de distancia, casi no permite distinguir la espuma blanca del mar de la mezcla de rocas calizas, mármol y granito que define el litoral de la zona. La comida, en el hotel donde horas más tarde pasarían juntos la noche en una de las seis habitaciones disponibles.

Clava el freno de mano, recuerda que se está orinando, busca el teléfono móvil para ver qué hora es. Llega puntual. Ha reservado la misma habitación, cinco años después. Dijo que llegaría a las doce del mediodía. Faltan cinco minutos.

Baja del coche, abre el maletero, coge la mochila, con todo dentro. Lleva planeando este quinto aniversario desde hace mucho tiempo.

Entra en el recibidor, acogedor como siempre. Herramientas de pescador colgadas en la pared, tres luces tenues en forma de lámpara de mesa y reservas y anotaciones apuntadas a mano en una libreta con tapas de piel. El escaso volumen de clientes provoca que no tenga mucho sentido colocar un ordenador, al menos en la entrada.

El olor mezcla de mar y productos de limpieza lo traslada al primer día que entró por esa misma puerta, de la mano de la entonces su novia. Les gustó tanto que desde ahí mismo llamaron a su tío.

– Tienes que conseguir que nos dejen la capilla. Nos encanta esto.

Aparece el mismo encargado que los atendió cinco años atrás. Ahora luce una barba generosa pero cuidada, más canosa que negra. Parece como si el pelo que antes tenía en la cabeza se le hubiera trasladado a la cara, piensa al verle.

– Buenos días, qué desea?.

No lo ha reconocido, un lustro hace estragos, parece ser. Se identifica.

– Soy Álex Gonzalo, reservé una habitación. Quiero darle una sorpresa a mi mujer, tengo que encontrarme con ella más tarde.

– Claro, por favor, disculpe, ¡Cuanto tiempo!. ¿Qué es de sus vidas?

Entablan una conversación que Álex no quiere alargar. Tiene cosas qué hacer. Le pide las llaves. Le pregunta cuánto le va a costar pasar una noche. 250 euros que paga con tarjeta de crédito, por sorpresa del encargado. Le invita a pagar cuando se vaya. Le responde que prefiere pagar por adelantado. Llama a un botones para que le lleve el equipaje.

– No hace falta, sólo he traído esta mochila. Tampoco hace falta que me acompañe, recuerdo el camino.

Coge la bolsa, se la echa a la espalda y cruza la entrada que desemboca en un patio interior con un perímetro lleno de plantas autóctonas, bancos de piedra que invitan a sentarse a leer un libro y una puerta de madera maciza que da al interior de la capilla anexa. Enfrente, unas amplias escaleras de piedra que permiten acceder a la planta superior. La única diferencia que atina a encontrar es que en la escalera han colocado una plataforma motorizada para minusválidos, inexistente hace cinco años. Llega a la habitación. Le tiembla el pulso, lo suficiente como para no acertar con la llave en la cerradura a la primera.

Abre la puerta. Siente entonces un fuerte hormigueo que le va desde la nuca a la punta de los dedos de los pies. Todo parece seguir igual, inmóvil, intemporal. La misma cama con cabezal de hierro forjado, de fabricación reciente pero que da la impresión de ser centenaria. Sábanas color tierra, con cojines a juego. Las mismas cortinas, que dejan entrever el límite del mar a través de unos gruesos cristales instalados en una antigua ventana de madera que se pudo conservar. La mesita, rescatada de un anticuario, sigue sosteniendo un jarrón con flores naturales que son reflejadas por un espejo con manchas negras en los bordes, muestra inequívoca de que para él también han pasado los años.

Ante ese espejo se rieron los dos cuando medio vestidos, medio desnudos, se dieron cuenta que aún caían granos de arroz de sus cabezas. Habían permanecido sobre ellos las seis horas que duró el convite. Deja la bolsa en una vieja silla que no invita a sentarse y se tumba en la cama. Permanece en ella un buen rato con la mirada perdida, recordando, con un hormigueo que viene y va.

Mira el reloj. Faltan 45 minutos para la una y veinte. La hora en que ella dijo que sí, que se casaba conmigo, recuerda.

No quiere dejar nada al azar. De un salto se levanta de la cama. Saca de la mochila la crema de afeitar, el jabón, la maquinilla. En el hotel hay champús, pero quiere usar los suyos, los de siempre, los que a ella le gustan. Se ducha a conciencia. Se afeita con ciertas dificultades una barba excesivamente dejada. Se pone ropa limpia. Mira el reloj. Pasan cinco minutos de la una.

A esta hora recuerda que estaba ya ante el capellán, nervioso por la situación. Centro de atención de prácticamente un centenar de familiares y amigos que analizaban traje, peinado, decoración floral, entorno… Y expectante por ver a la novia aparecer por la puerta, cogerla de la mano y casarse con ella. Lo recuerda mientras, ahora ya irracionalmente, vuelve a mirar el reloj. Revisa una nota manuscrita que lleva guardada en un sobre color paja y que acaba dejando sobre la mesita, al lado de las flores. Cinco años después vuelve a estar nervioso porque se acerca de nuevo la hora, quiere que salga todo como tiene previsto.

Una última inspección ocular desde la puerta, hay que comprobar que todo esté en orden. Sus enseres, recogidos dentro de la mochila. La carta apoyada en el jarrón con flores. La cama, con las sábanas otra vez en su sitio, libres de arrugas y pliegues. Las cortinas desplegadas pero dejando entrever los diferentes azules de mar y cielo que ofrece un día claro y sin nubes.

Baja las escaleras, cruza el patio, y sonriendo echa una última mirada a la puerta interior de la iglesia que da al hotel. Por ahí entraron el primer día que vieron la capilla por dentro. La puerta principal estaba encallada y no pudieron abrirla. Llega a la recepción. Le da la llave al encargado. Es la hora.

Sale al exterior y camina por el patio hacia la capilla anexa. Se para. Recuerda las felicitaciones, la alegría colectiva, a su familia, a la de su mujer. Todos impecablemente vestidos. Dirige aceleradamente sus pasos a la entrada dispuesto a apretar con fuerza para comprobar si la puerta está abierta, pero desiste. La herrumbre del candado revela que hace tiempo que nadie ha entrado por ahí.

Decide entonces ir a la parte posterior, donde se hicieron las fotos. El precipicio sigue ahí, con el mar rompiendo en las agrestes rocas a casi trescientos metros de distancia. La barrera formada por un artesanal conglomerado de piedra caliza autóctona que separa el sendero del precipicio es lo suficientemente ancha y lo suficientemente baja como para poder sentarse, a pesar del peligro que ello conlleva. Lo hace. De espaldas al mar.

Cierra los ojos. Inspira hondo.

Recuerda como ella iba vestida a esta hora cinco años atrás. Vestido claro, no muy ostentoso. Un ramo de flores entre las manos diseñado por una amiga íntima de ambos. Y cómo entraba en la capilla, con la cara rebosando ilusión, cogida del brazo de su tío.

Mira el reloj. Justo a esta hora la cogía de la mano. Inspira de nuevo. El amor de mi vida. Le cae una lágrima. Hace ocho meses la perdió en un accidente de tráfico. Conducía él. Rompe a llorar desconsolado. Se pone de pie, de espaldas al precipicio, sollozando. Abre los brazos, cierra los ojos por última vez. Se deja caer.

Trescientos metros después vuelve a estar con ella.

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